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Según
un informe de
Naciones Unidas
, más de mil millones de habitantes en el mundo tienen sed. Pero para dentro de 30 años, dos de cada tres
habitantes del planeta no tendrán agua.
Si
a la escasez de este elemento le sumamos otro factor, la contaminación,
obtenemos una realidad más que trágica: cada año mueren más de 25
millones de personas -de ellas 3/5 partes son niños- en los países del
Tercer Mundo por consumir agua
en malas condiciones. En
palabras de Kofi Annan, "la falta de acceso al agua -para beber,
para la higiene y para la seguridad alimentaria- inflige un sufrimiento
enorme a más de mil millones de miembros de la familia humana". Pobreza
y contaminación van de la mano.
El agua
contaminada está
relacionada con la propagación de más del 80% de las enfermedades que
afectan a los países en vías de desarrollo. Y como siempre, los niños
son los principales afectados. Cada hora mueren 500 niños menores de
cinco años a causa de las diarreas. El cólera, tifus, fiebre amarilla,
malaria, tracoma y lepra, se encargan de cercenar al resto de la población.
Hace
algún tiempo, el director general de la OMS
sugirió que el número de grifos por cada mil personas sería mejor
indicador de la situación sanitaria que el número de camas de
hospital. Según
Naciones Unidas, las personas que viven en Kibera (Kenia), pagan hasta
cinco veces más por un litro de agua
que el ciudadano estadounidense medio. En el país africano la mayor
parte de sus ciudadanos deben recorrer kilómetros para tener acceso al agua. Cuanto más rico es un país, más agua gasta. Los habitantes de los países industrializados utilizan como promedio entre 400 y 500 litros de agua al día. Mientras, en los países en vías de desarrollo se considera que un ciudadano tiene acceso al agua cuando puede conseguir 20 litros diarios sin recorrer más de un kilómetro desde su casa. ¿Es
problema de recursos? No, es problema de gestión, de política y de
dinero. Hay suficiente agua
para todos pero no está proporcionalmente repartida y su consumo es
indiscriminado.
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